Juicio (Yargı) Capítulo 1 (Versión Larga): cuando un hilo de sangre cose destinos que jamás debieron tocarse
Dentro de la noche, un susurro viejo como una nana y un golpe seco: un cuerpo en un contenedor, una maleta con sangre que no grita pero habla. “Alo. Polis mi?” y el engranaje arranca sin piedad. La cinta amarilla, la mirada fría, el procedimiento. Ilgaz, fiscal de columna recta, entra en escena como quien no deja que el corazón dicte la ley. La víctima es joven, el rostro irreconocible, el barrio despierta tarde a la tragedia. Eren dispersa curiosos, mide tiempos, teje hipótesis. Nada encaja aún, salvo ese detalle imposible de ignorar: la maleta fue “alimentada” en diferido, la sangre parece reposada, no recién derramada. Al otro lado de la ciudad, Ceylin entra como un relámpago en un pasillo de mármol: “O ifade benim müvekkilimi de ilgilendiriyor.” La abogada que no pide, exige; que no pregunta, arrebata. Un brazalete “perdido”, una mirada demasiado atenta, y de pronto el fiscal siente el bolsillo: “Bunu mu arıyorsun?” Ética contra instinto, norma contra necesidad. En dos minutos, Ceylin pasa de la retórica al riesgo: “Gözaltı kararı yazalım hemen.” La leyes son cerrojos, ella viene con ganzúa. Pero la ley también sabe morder.
En la comisaría, los ecos se cruzan: “Reşit Paşa’da bir kadın çöp konteynerında ölü bulunmuş.” Mientras Ceylin promete denunciar a todo el mundo, en la calle alguien ata el primer nudo del destino de Çınar. Una tarjeta de crédito con sangre, rastros que conducen donde más duele: “Kart kimin? Senin Metin Baba.” La mesa de los Kaya -nohut, pilav, dos köfte por cabeza- se vuelve sala de interrogatorio. Metin, policía de honor oxidado por años de deber, intenta separar el pan del veneno; Defne aprende una lección amarga sobre secretos; Ilgaz traga hielo, porque preguntar a un hermano “Dün gece neredeydin?” rompe más que el aire. Çınar responde con el reflejo de siempre: “Evdeydim.” Pero la noche tiene memoria: a las 03:20, una puerta se abrió. Y cuando los minutos no calzan, la justicia acerca la lupa. “Pantolon kıza göre büyük.” El detalle que mata coartadas: ropa de hombre en el cuerpo de una chica, tallas que murmuran un nombre propio. La verdad empieza a oler como un cuarto cerrado.
El tablero gira cuando el que acusa pide defensa: “Kardeşimi savunmanı istiyorum.” Ceylin sonríe sin conceder: cada familia tiene un loco, cada sabio engendra un tirano; cada caso ofrece una salida a quien se atreve a pagarla. Yekta aparece como un perfume caro: nunca empuja, inclina; nunca amenaza, sugiere. En el kebab de enfrente -lejos de cámaras, cerca del pecado- Pars, fiscal de filo quirúrgico, prepara el siguiente movimiento: “Çınar bu gece bizimle kalacak.” La casa de los Kaya se abre al registro. Metin muerde su lengua, firma con una mano que no tiembla por costumbre sino por hijo: “Herkes işini yapsın.” Entre cajones, memorias y polvo, Ceylin encuentra lo que no quería: una hebra blanca, una hırka de mujer, un rastro de sangre que se esconde bajo el asiento del coche de un padre. “Tebrikler. Bu dürüstlük kardeşimin 30 yılına mal olacak.” Las manos limpias a veces ensucian más. Ilgaz se quiebra por dentro, pero no deja de ser quien es: si la ley es una línea, no se pisa; si la familia es el precipicio, se mira sin saltar… hasta que alguien empuja.
La ciudad responde con piezas nuevas: “Pantolon cebinde 5 lira, parmak izi Çınar’a ait.” Una firma pobre en un billete barato puede comprar una condena rica. En la morgue, el frío no negocia: “İnce Erguvan.” Un nombre que perfora, un apellido que Ceylin conoce como se conocen las grietas propias. La abogada traga astillas, endereza el pulso y no cae. Su mundo privado -cumpleaños, regalos en el ordenador, promesas de estudiar hasta el amanecer- se deshilacha al contacto con lo irreparable. “Ailenizden bir katil çıkarsa ne yaparsınız?” pregunta la vida. “Ben savunurum,” responde Ceylin, porque la defensa no absuelve el alma, pero sostiene el cuerpo que aún respira. Metin, roto, arrastra a su hijo a la verdad a golpes que no suenan en el expediente: “Bir kere erkek ol, itiraf et.” Ilgaz escucha desde ese lugar donde los fiscales no rezan, negocian con su sombra. Afuera, Eren junta migas de pista; adentro, Pars teje la red final. Yekta, desde su balcón, calcula honorarios del destino.
El clímax no llega con sirenas, llega con silencios organizados. La maleta, la hırka, el billete, la tarjeta: cuatro esquinas de una jaula con nombre y apellido. Çınar dice “Yapmadım” con los ojos de quien ya no sabe si convencer al mundo o a sí mismo. Ceylin calibra: la primera verdad útil es el mapa de la mentira ajena. “Sus dediğimde sus,” le advierte, porque a veces la única táctica es respirar hondo y esperar a que el enemigo cometa cortesía. Ilgaz camina entre dos legalidades: la del Estado y la de la sangre. En Reşit Paşa, una chica sin voz pide que alguien la nombre sin usarla de arma. En Sarıyer, una familia parte el pan con culpa. La pregunta queda colgando como cuchillo sobre mesa: si la justicia se alimenta de pruebas, y las pruebas se alimentan de personas, ¿cuánto de ti estás dispuesto a entregar para salvar al otro? Capítulo 1 (Versión Larga) no termina: deja a todos al borde del siguiente paso, donde cada “Bilmiyorum” cuesta años, y cada “Evet” puede abrir una puerta hacia la oscuridad. Sigue mirando: la verdad, cuando por fin se atreve, no absuelve a nadie; solo elige a quién le toca sangrar.